
De chicos nos decían, a veces, los grandes: ninguna precaución está de mas. Pero la actualidad de la paranoia y el encierro que atan a mucha gente a sus muros y sus cerraduras y sus barrotes de la casa y de la cárcel; las cosas que la gente dice como que “ya no se puede salir a la calle” o que “no hay que abrirle la puerta a nadie” etc. parecen indicar que la permanente preocupación por nuestra seguridad quizás acabará consumiéndonos la vida.
La eterna necesidad de “el enemigo”: aquí “La inseguridad”, los "delincuentes"; el terrorismo en Estados Unidos y Europa, los comunistas antes, los nazis también... siempre un enemigo a quien cargarle el fardo de nuestra propia producción de basura.
Son bien jodidos los dueños del poder. Nos pretenden hacer creer como si fuéramos unos completos imbéciles que los causantes de toda nuestra desdicha son esos deshauciados kamikazes que matan o mueren por monedas, y cuyas imágenes son repetidas hasta el hartazgo por nuestro personal “Big Brother”, la TV. ¿Y ellos? ¿Y las mañanas de soledad frente a fríos y ruidosos artefactos, lastimando las manos por cuatro monedas? ¿Y las tardes de agotamiento frente a entretenimientos innecesarios, el hombre activo por naturaleza transformado en un espectador de guionistas a sueldo de publicistas, para terminar yendo a comprar o sintiéndose una mierda por no tener el suficiente dinero, nunca tenerlo?
Porque claro… no van a ser justamente ellos los que se pongan en evidencia en los mismos carteles que antes rentaron… No van a decirnos la verdad nunca, porque la verdad nos haría reaccionar y darnos cuenta. Un mundo mejor está a la vuelta de la esquina, pero seremos nosotros los que tendremos que obligarles a morder el polvo a los vendedores de consumismo (y por lo tanto, de basura, de desigualdad, de libre mercado). .
Por supuesto que nadie, ni el más garantista del planeta, podría desearle menos que una prolongada agonía en la cárcel al asesino de su hijo. Pero no podemos guiarnos por el dolor de una víctima para pensar nuestra realidad, y los medios de incomunicación, los medios de destrucción masiva, los medios de atolondramiento colectivo, reducen los aspectos violentos de nuestra realidad, la injusticia y el odio, a las emociones tristes y vengativas de los familiares y la crueldad y maldad sin sentido, casi “génetica”, de los delincuentes. Pero es indiscutible que el mayor delito para muchos en nuestros países sigue siendo el haber nacido excluídos y desamparados, dejados de lado por la sociedad, y que factores claramente desencadenantes de la violencia y el crímen como la siempre creciente desigualdad (o brecha social), la extensión del consumo de drogas de pésima calidad con la pervivencia de prácticas punitivas visiblemente ineficaces, y la dificultad para progresar cuando todo se lo llevan “cuatro gatos locos” mientras la publicidad nos bombardea con paraísos imposibles; podrían ser modificados si hubiera voluntad política real de generar un nuevo sistema más justo, más solidario, universalmente inclusivo y más sustentable.
No tengamos miedo, pues, a nuestros compañeros de injusticias. Pero logremos ver cada vez más claramente al verdadero enemigo, incluso dentro de nosotros mismos y nuestros hábitos de vida, nos deseo.
La eterna necesidad de “el enemigo”: aquí “La inseguridad”, los "delincuentes"; el terrorismo en Estados Unidos y Europa, los comunistas antes, los nazis también... siempre un enemigo a quien cargarle el fardo de nuestra propia producción de basura.
Son bien jodidos los dueños del poder. Nos pretenden hacer creer como si fuéramos unos completos imbéciles que los causantes de toda nuestra desdicha son esos deshauciados kamikazes que matan o mueren por monedas, y cuyas imágenes son repetidas hasta el hartazgo por nuestro personal “Big Brother”, la TV. ¿Y ellos? ¿Y las mañanas de soledad frente a fríos y ruidosos artefactos, lastimando las manos por cuatro monedas? ¿Y las tardes de agotamiento frente a entretenimientos innecesarios, el hombre activo por naturaleza transformado en un espectador de guionistas a sueldo de publicistas, para terminar yendo a comprar o sintiéndose una mierda por no tener el suficiente dinero, nunca tenerlo?
Porque claro… no van a ser justamente ellos los que se pongan en evidencia en los mismos carteles que antes rentaron… No van a decirnos la verdad nunca, porque la verdad nos haría reaccionar y darnos cuenta. Un mundo mejor está a la vuelta de la esquina, pero seremos nosotros los que tendremos que obligarles a morder el polvo a los vendedores de consumismo (y por lo tanto, de basura, de desigualdad, de libre mercado). .
Por supuesto que nadie, ni el más garantista del planeta, podría desearle menos que una prolongada agonía en la cárcel al asesino de su hijo. Pero no podemos guiarnos por el dolor de una víctima para pensar nuestra realidad, y los medios de incomunicación, los medios de destrucción masiva, los medios de atolondramiento colectivo, reducen los aspectos violentos de nuestra realidad, la injusticia y el odio, a las emociones tristes y vengativas de los familiares y la crueldad y maldad sin sentido, casi “génetica”, de los delincuentes. Pero es indiscutible que el mayor delito para muchos en nuestros países sigue siendo el haber nacido excluídos y desamparados, dejados de lado por la sociedad, y que factores claramente desencadenantes de la violencia y el crímen como la siempre creciente desigualdad (o brecha social), la extensión del consumo de drogas de pésima calidad con la pervivencia de prácticas punitivas visiblemente ineficaces, y la dificultad para progresar cuando todo se lo llevan “cuatro gatos locos” mientras la publicidad nos bombardea con paraísos imposibles; podrían ser modificados si hubiera voluntad política real de generar un nuevo sistema más justo, más solidario, universalmente inclusivo y más sustentable.
No tengamos miedo, pues, a nuestros compañeros de injusticias. Pero logremos ver cada vez más claramente al verdadero enemigo, incluso dentro de nosotros mismos y nuestros hábitos de vida, nos deseo.










